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Una oportunidad perdida para la justicia

Poptun

Este 8 de octubre, el Congreso de la República de Guatemala finalizó el proceso de elección de los nuevos magistrados para la Corte Suprema de Justicia y la Corte de Apelaciones, un proceso que, a primera vista, parecía prometer una renovación del sistema judicial. Sin embargo, la realidad ha dejado un sabor amargo en quienes anhelaban un cambio positivo. A pesar del avance de algunos jueces y abogados con trayectorias destacadas en la comisión de postulación, y aunque hay pequeñas excepciones, el consenso alcanzado en el Congreso terminó favoreciendo a varios profesionales cuestionados, mientras que la mayoría de los más calificados quedaron excluidos.

La elección de cortes en Guatemala ha estado marcada por críticas que señalan el proceso como deficiente y propenso a la manipulación política. El sistema de comisiones de postulación, aunque en teoría está diseñado para garantizar la transparencia, la meritocracia y la selección de los mejores candidatos, en la práctica, ha sido distorsionado por los intereses de grupos de poder que buscan protegerse. En esta reciente elección, se hizo evidente una vez más que aquellos jueces con un historial de integridad y compromiso con la justicia, fueron relegados en favor de abogados vinculados a la política y a los intereses de sectores que desean preservar la impunidad.

No solo es lamentable, sino también indignante que los diputados hayan celebrado la exclusión de buenos jueces, cuyo único «error» ha sido cumplir con su deber en procesos judiciales que incomodaron a quienes hoy gozan de poder e influencia. Esta situación refleja un sistema judicial que premia a los «politiqueros» y que está estructurado para perpetuar un estado de cleptocracia. Los elegidos para ocupar las magistraturas no son necesariamente los más capaces ni los más idóneos, sino aquellos que responden a intereses políticos, lo cual profundiza la crisis de confianza en la justicia guatemalteca.

El artículo 113 de la Constitución Política de la República establece claramente que los cargos públicos deben ser otorgados con base en la capacidad, la idoneidad y la honradez. No obstante, lo ocurrido en el presente proceso es una afrenta directa a este principio constitucional. La interpretación de este artículo parece haberse invertido en Guatemala: se privilegia a quienes menos encarnan estos valores, mientras que se deja de lado a aquellos que realmente podrían contribuir a un sistema judicial más justo y eficaz.

Vivimos en un sistema que no solo no fomenta una verdadera carrera judicial, sino que está diseñado para bloquear a los jueces y abogados que, mediante su actuación, podrían representar una amenaza para los corruptos. Esta elección no es más que un reflejo de un problema mucho más profundo: el deterioro de nuestras instituciones y la falta de voluntad política para transformar el sistema judicial en un pilar de la democracia.

Es desolador pensar que, si seguimos en esta dirección, no habrá un cambio real en la justicia guatemalteca en el corto ni en el mediano plazo. Al contrario, pareciera que estamos condenados a seguir viviendo en una sociedad donde la impunidad reina, y donde las generaciones futuras no tendrán más opción que adaptarse a este sistema que lo que menos ofrece es justicia. Si no comenzamos a trabajar en una reforma constitucional seria y profunda que abarque el sector justicia en su totalidad, podríamos estar hablando de un siglo o más de injusticia, corrupción e impunidad.

El momento de actuar es ahora. La ciudadanía, las organizaciones sociales, y los sectores comprometidos con el Estado de Derecho deben alzar la voz para exigir cambios urgentes en el sistema de elección de magistrados de la Corte Suprema de Justicia y Cortes de Apelaciones. No podemos permitir que nuestra democracia siga secuestrada por intereses que no buscan el bienestar de la mayoría, sino el beneficio de unos pocos. Guatemala merece un sistema judicial transparente, imparcial y competente que sea capaz de garantizar el acceso a la justicia para todos.

Lo ocurrido en este proceso de elección de magistrados, es un triste recordatorio de que estamos muy lejos de contar con un sistema judicial que sirva a los intereses de la nación. La reforma constitucional del sector justicia es ineludible si deseamos construir un país más justo y equitativo, donde los méritos y no las alianzas políticas definan quiénes ocupan los puestos más altos del poder judicial.

Es imperativo dejar de lado los discursos vacíos y comenzar a actuar con decisión para garantizar que las futuras generaciones tengan esperanza en un país más justo. Cada día que se pierde en debates sin soluciones concretas es un día más en el que perpetuamos un sistema que condena a nuestros hijos y nietos a vivir en una sociedad donde la justicia es una promesa incumplida.

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Mireya Batún Betancourt

Abogada, Notaria y Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales, postgrado en Criminología, especialista en ejecución penal con estudios en Doctorados de Ciencias Penales y Derecho Constitucional Internacional.

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