
Aquí nadie pasa sin saludar al Rey
Antropos
La sabiduría popular ha encontrado nombres ingeniosos para diferenciar cantinas, bares y transporte público. Sería un ejercicio agradable para que los que se dedican a la comunicación como disciplina académica, se animen a examinar la magia de esta variedad de nombres a fin de acercarse a una interpretación de lo que pretendían sus autores.
Es el caso que sobre la clásica y recordada diecisiete calle entre séptima y sexta avenida “A” de la zona uno, se encontraba la cantina, Aquí nadie pasa sin saludar al rey. Al abrir la portezuela de dos hojas, el escenario era de voces, gritos y canciones, en medio de bocanadas de humo y de cristales de tragos como la “Indita” o el “Venado” junto al limón y sal, como única boca, se tragaban con placer, a pesar de que arrugaban el ceño cuando el líquido “sagrado”, pasaba por la garganta.
Entrar a esta cantina, era todo un ritual ante el rey. Lo más gracioso, acontecía cuando al pasar el desfile bufo de la huelga de todos los dolores de la Universidad de San Carlos, la muchachada arrasaba con la estantería llena de licores. No eran necesario los limones con sal como boca aperitiva, porque con el sudor de las carreras era más que suficiente porque estas gotas se lamian entre labios tostados por el sol. Todos, hasta los rebeldes universitarios, se inclinaban reverentemente, al entrar a este centro denominado Aquí nadie pasa sin saludar al rey.
A la vuelta de esta cantina, cabalmente sobre la 18 calle, se asentó otro bar histórico bautizado irónicamente con el nombre de la Democracia. Otro lugar de preferencias, de bohemios, vagabundos, poetas, músicos, universitarios, guerrilleros, y hasta de orejas que degustaban en medio de las notas que fluían de una rockola antigua canciones rancheras, tangos y marimbas nacionales.
En el mero corazón de la ciudad, escondido entre calles internas del pasaje Rubio, una puerta se abre a las diferentes personas para compartir en El Portalito, cervezas crudas, claras, oscuras o mixtas, con abundantes bocas. Sobre una tarima, acompañando con sus notas al ritual de los tragos, se escucha la armonía de las teclas morenas de una marimba en vivo bajo el embrujo de viejos marimbistas.
A pesar del bullicio, se puede platicar en el portalito. Las conversaciones son tan diversas y amenas, que van desde los amores y desamores, hasta la política del gobierno. Se critica con severidad con acalorados y profundos argumentos, que a la vuelta de la esquina se olvidan estas efusivas palabras. Con la cabeza agachada y medio bolos, salen estudiantes, funcionarios, comerciantes, empresarios, ingenieros, licenciados, doctores, diputados, transeúntes y vagabundos de este lugar. Eso sí, contentos con la risa a flor de boca de haber pasado un rato de placer.
El Portalito, es un lugar donde se habla acerca de la democracia. De la política y de los partidos políticos, hasta de los alcances del cielo y de los problemas de la tierra. Se conversa de todo. Se habla de los diputados y alcaldes. De los ministros y del presidente de turno. Y da la casualidad qué pareciera ser qué en ese espacio, rondara el espíritu de los que le pusieron el nombre al bar de la diez y ocho calle, La democracia, porque está presenta en las palabras que se entablan en El Portalito. Lugar de encuentros y desencuentros respetando las diversas maneras de ver el mundo.
Curiosamente, también se esparce sobre los techos y paredes de El Portalito, el espíritu del icónico nombre de Aquí nadie pasa sin saludar al Rey. Democracia y dictadura parece ser lo que encierran estos dos nombres de cantinas qué con el sabor fresco de las cervezas, sale a luz entre palabras acaloradas, lo que en realidad es y ha sido el país.
Pero como dice la canción de Serrat, “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar haciendo caminos sobre el mar”.Se va el día y poco a poco se resbalan los recuerdos entre tristezas y alegrías, al quedar de nuevo solos, sin los amigos con quienes compartimos inquietudes, preguntas y respuestas sobre democracia y dictadura. Nos duerme el sueño. Al día siguiente, nos encontramos sentados sobre el asiento de un bus, derechito al trabajo, como chucho apaleado con goma y sin dinero. Vendrán otros amaneceres para compartir y decir lo que sentimos, hasta que logremos ver las montañas verdes de plenitud y vida.

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