Carta de Machiavelli a Bernardo Arévalo
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El político florentino Niccoló Machiavelli me solicitó reproducir una carta que envió al presidente Bernardo Arévalo. El propósito de reproducirla es que él pueda leerla, en el caso de que, por motivos que la más licenciosa imaginación no puede sospechar, la carta original no llegue hasta él. He aquí la carta.
“Magnífico Signore Bernardo Arévalo: Aunque hayan transcurrido 555 años desde que nací hasta el memorable día del mes de enero del año 2024 en que habéis comenzado a ejercer la Presidencia de la República, me pareció conveniente expresaros mi opinión sobre el modo como habéis adquirido el poder presidencial. Antes de expresarla, permitidme relataos, con obligada brevedad, algunos sucesos importantes de mi vida.
“Luego de estar durante un año en el exilio, fui encarcelado y torturado, acusado de conspirar para derribar al gobierno de los Medici. Fui liberado, gracias a la misericordia del nuevo papa, Su Santidad Giovanni de Medici, Ahora vivo con mi familia en una pequeña casa campestre, próxima a Florencia.
“En mi ya tranquila vida evoco la turbulenta historia de Florencia que presencié en mi juventud; y consumo parte de mi tiempo en las tareas propias de la campiña, acompañado por viejos agricultores, jóvenes pastores. robustos leñadores y prestos cazadores. En las noches, solitario en mi biblioteca, vestido con mi mejor traje, converso con grandes hombres de la antigüedad, entre ellos Aristóteles, Platón, Plutarco, Polibio, Tácito, Tito Livio y Tucídides.
“He aprovechado esa vida tranquila para escribir un tratado político que he llamado El Príncipe. En él dedico una parte a tratar sobre los modos de adquirir el poder del Estado. Uno de esos modos consiste en cometer actos criminales. Ahora os expreso mi anunciada opinión: ese fue el modo que empleasteis para adquirir el poder presidencial; pero reconozco que introdujisteis innovaciones, que me han sorprendido.
“La fundación de vuestro partido político, y vuestra candidatura presidencial, y vuestra elección, y la adjudicación de la presidencia a vos, y vuestra juramentación, fueron actos criminales o, si queréis llamarlos de otra manera, delitos graves. Podéis reclamar, con rara legitimidad, el título de Usurpador de la Presidencia de la República.
Debo advertiros, empero, que mi propósito no es censuraos ni elogiaros. Mi propósito es solamente afirmar que pertenecéis a la clase de aquellos que han llegado a gobernar, no por la fortuna, ni por la virtud, ni por la voluntad de los ciudadanos, sino por actos criminales. Tal es mi propósito porque, como lo muestra El Príncipe, trato sobre los seres humanos como son, y no como, según mi criterio moral, deberían ser; y trato sobre los sucesos políticos como han ocurrido, y no como, también según mi criterio moral, deberían haber ocurrido.
“Vos, por ser un usurpador del poder presidencial, debéis, según recomiendo en El Príncipe, meditar sobre los nuevos actos criminales que tenéis que cometer para preservar el usurpado poder. Por ejemplo, podéis cometer actos criminales para despojar a la signora Consuelo Porras, de la Jefatura del Ministerio Público, y lograr que cese la persecución penal de que sois sujeto por los crímenes que habéis cometido. O podéis cometer actos criminales para adquirir la voluntad de la mayoría de los diputados del Congreso de la República, y evitar que autoricen que seáis sometido a proceso penal.
“También podéis cometer actos criminales para lograr estos fines. Primero, corromper, con seductores beneficios, a quienes pueden convertirse en vuestros enemigos, ansiosos de ser testigos judiciales de vuestros crímenes. Segundo, ejercer coacción sobre los amigos que cooperaron con vos en cometer los actos criminales con los que habéis logrado usurpar la presidencia, para que acepten los beneficios que ahora vos queréis darles, y se resignen a no obtener los beneficios que habíais prometido darles. Tercero, amenazar a aquellos de quienes tenéis la presunción de que saben de vuestros crímenes, y pueden acudir al chantaje con la pretensión de obtener, de vos, caprichosos o impredecibles beneficios.
“Sois afortunado; pues los poderes extranjeros e internacionales que lograron convertirte en usurpador, no le conceden importancia a los crímenes que habéis cometido, ni la concederán a vuestros nuevos crímenes. Le conceden importancia a que seáis confiable servidor de ellos y a que hinquéis ante ellos a vuestra nación. Poderes nacionales públicos judiciales, y privados empresariales, que contribuyeron a convertirte en usurpador, tampoco le conceden importancia a los crímenes que habéis cometido, ni la concederán a vuestros nuevos crímenes. Le conceden importancia a los beneficios que pueden obtener del poder que poseéis, que es el más grande poder que un solo ciudadano puede tener en vuestra nación.
“Tendréis el problema de gobernar y, simultáneamente, conservar el usurpado poder. Por mi conocimiento de las acciones de los hombres, adquirido gracias a una rica experiencia de las asuntos del presente, y a un incesante estudio de los asuntos antiguos, atisbo más incertidumbre que certidumbre de imperturbable ejercicio del poder presidencial que usurpáis. Hasta atisbo el peligro de que seáis derribado legalmente. Para evitarlo, tendríais que depender de la cooperación de los poderes extranjeros e internacionales que os han convertido en usurpador, y no de la voluntad de los ciudadanos; pues solo una muy escasa proporción de ellos pudo haber votado por vos.
Post scriptum. He aquí el final de la carta. “Para eliminar tal peligro sería necesario, entonces, que sometierais más a vuestra nación, a esos poderes extranjeros e internacionales. Así agregaríais a vuestro estatus de usurpador, el estatus de incondicional vendedor de la soberanía de vuestra nación. Se despide de vos Niccoló di Bernardo del Machiavelli. Florencia, 20 de junio de 1527, un día antes de mi muerte”.

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