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CORRUPCIÓN

Antropos

El efecto último y más pernicioso de la corrupción en el campo de lo político -soborno, cohecho, tráfico de influencias, negligencia o cualquier otra forma de acción o transacción ilegal e impropia- es el deterioro de la moral pública.
Lorenzo Meyer, historiador mexicano.

Es un hecho histórico, que la corrupción ha estado presente en la sociedad, lo cual tampoco la justifica, dado que en este siglo veintiuno, este fenómeno es cada vez más peligroso porque ha penetrado no sólo en el que hacer del Estado, sino ha vulnerado a las familias, lo cual es ya considerado como un cáncer en estado terminal. Peligroso porque hay tantos ejemplos trágicos y dramáticos que enlutan la vida. Se ha llegado a los extremos demoníacos de la pornografía infantil y el negocio de órganos, La sed de riqueza y la sed de la lujuria, se conjugan en este nuevo siglo comolas lacras sociales que es necesario extirpar.

En el mundo de la Grecia clásica, existió un caso de lo que es la corrupción, referido a la justicia y al elevamiento de la dignidad. Se trata del maestro Sócrates (469-399 a.C.) quien fue sentenciado a beber el veneno de la cicuta debido a que injustamente lo condenaron por educar a los jóvenes en torno al respeto de los valores humanos. Algunos de sus discípulos pensando en no perder las sabias palabras del filósofo, quisieron persuadirlo para que a cambio de favores se pudiera escapar. Contrariamente, el sabio, fiel al respeto de la ley, rechazó dicha propuesta en contra de la impunidad y fue coherente con sus actos, hasta morir. Un ejemplo digno de lo que es una persona incorruptible. Y el otro que nos muestra la historia, es el pasaje en el libro La Divina Comedia, de Dante Alighieri (1265-1321), quien le reservó uno de los lugares del infierno, a aquellos sujetos que comercian con los cargos públicos y para jueces que venden sus decisiones.

Situados en el siglo veinte, y bajo el manto de las preocupaciones por una mejor sociedad con altos valores éticos, contamos con otro documento paradigmático que surgió en el año 1946  posterior a los estragos que dejó la segunda guerra mundial, el Código de Nüremberg, orientado a dictar normas bioéticas que se desprendieron de la observancia de los trabajos de experimentación que algunos investigadores realizaron con personas en los campos de concentración del régimen nazi. Este código, se definió para juzgar  a quienes cometieron horrendos crímenes de lesa humanidad. Por su importancia se convirtió tiempo después, en un punto de referencia ética en torno a todo lo que correspondía a este ámbito.

Ahora, bajo el alero de lo que acontece en nuestro tiempo, encontramos que existe en algunos sectores de la sociedad, una profunda preocupación e inquietud por denunciar y erradicar la corrupción. Tan es así, que surgió la organización Transparencia Internacional, que establece algunos criterios para medir no sólo los actos de este fenómeno social, sino enfrentarlos a través de la denuncia y establecer clasificaciones de quienes son más y quienes menos corruptos, lamentablemente nuestro Estado guatemalteco aparece mal calificado.

Todo indica, que cada vez más, hay preocupación de fondo, no sólo solo por los actos mismos de corrupción y falta de transparencia, sino del daño que esto causa al bienestar de la sociedad y a los niveles de desconfianza que se generan en torno al Estado, los partidos políticos, el mundo de los negocios, lo que terminaría de provocar una anomia peligrosa de inacción social. Si los niveles de desconfianza crecen y se abultan, estaríamos frente a las puertas de un autoritarismo centralista o de altos niveles de anarquía. El Estado, como institución jurídico-político no puede debilitarse en tanto una sociedad como la nuestra no tendría norte ni orden a seguir. De ahí, que erradicar los altos índices de corrupción que corroen la raíz de nuestra conducta social y la institucionalidad de derecho público, sea una alta responsabilidad de cada uno de nosotros como ciudadanos y de una mejor manera para gobernar con trasparencia y lucidez.

Precisamente, en una conversación sostenida con el filósofo costarricense, Doctor Carlos Molina Jiménez, él me compartió una de sus grandes preocupaciones que tiene en torno a la sobre dimensión que se le da a este fenómeno social, cuando afirma que debe de haber una especie de “mesura en el lanzamiento de imputaciones de corrupción: la prensa, dice, los políticos, los sindicalistas deben asumir la responsabilidad de no crear la imagen generalizada de que  la corrupción se ha apoderado por completo del país. La denuncia escandalizante, las noticias alarmistas han de ser balanceadas con la presentación pública de la integridad, con la difusión de los frutos del trabajo honrado y la vida buena. Es preciso, indica Molina, que el sistema de alertas que nos defiende de la corrupción no acabe produciendo el efecto contrario, es decir, alentando el cinismo y la desmoralización. Si se extiende la creencia de que las prácticas corruptas constituyen el modo normal de operar la sociedad, si numerosas personas piensan que el éxito sólo es asequible a quienes incurren en dichas     prácticas, señala este pensador, quizás es porque la censura del mal se ha transformado involuntariamente, en propaganda. La pregunta es, me decía, ¿cuántos habrán aceptado que la corrupción constituye el elemento rector de la vida social y que lo único importante es aprender a sacar partido de ella? ¿cuántos se hallarán convencidos de que todo el que está bien es sinvergüenza y que es por eso por lo que está bien?

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