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En medio de torbellinos

Antropos

Recién estuve en Guatemala y me alegré tanto de ver a mi familia paterna y materna en Chiquimula y en uno de sus municipios Quetzaltepeque.  Compartimos un caldo de gallina con tortillas recién salidas del comal con una buena horchata fría de harina de morro. Un café y un pedazo de quesadilla como debe ser.

Son de esos encuentros que uno anhela que fuesen permanentes. Sentí tristeza de no ver a mi Tio Nepta, quien murió bajo los embates del covid a la edad de 97 años. Pero saludé y abracé a mi tío Gustavo España de 92 y a Francisco Calderón de 87, junto con mi prima Juanita Moss y Francisco su nieto. Bendecido fui, porque apreté las manos de Juan Gregorio, compañero de la escuela primaria, investigador de la iglesia Amigos. Como siempre, sencillo, franco y alegre.  También disfrute una tarde noche en el parque el Calvario de Chiquimula, con amigos como Fernando Argueta, un gran anfitrión y mi primo Hugo Calderón, quien apartó parte de su tiempo para que pudiéramos platicar. Son tardes hermosas en la que se ve como cae el sol y aparecen los niños disfrutando el calorcito de la noche fresca. Los jóvenes con sus patines y motos dando vueltas alrededor del parque con grandes sonrisas de alegría y vitalidad.

Después de esos momentos tan felices, para el desayuno del domingo, degustamos unos ricos chicharrones, yuca, salsa fresca de tomate, empanadas de frijol y de loroco, queso, crema, tortillas, café y pan harinado en la casa de mi amigo Fernando Argueta acompañados por su esposa. Grandes desayunos, como para no volver a comer durante el resto del día.

Y obedeciendo al “principio de realidad”, entendimos que todo tiene un principio y un final. Nos tocó retornar a la capital en donde mi hija Olivia con el volante de su carro, me atendió como piloto y amiga conversadora. Compramos mangos de brea en el camino para degustarlos en los próximos días y a su vez, para recordar en cada mordida de esta rica fruta, el dulzor de mi pueblo.

Adentro de la capital, dos grandes encuentros de bienvenida. Un almuerzo con el amigo normalista Gustavo Espina, con quien recordamos tiempos idos de aquellos que francamente lo dejan a uno marcado. El otro con Francisco Arredondo en su estudio disfrutando una taza de café y su respectiva champurrada. Conversamos de educación y de la vida.

Me despedí de los dos amigos e inicio mi trajinar por esa locura de rótulos anunciando candidaturas al por mayor, como si no se dieran cuenta que estorban sus rostros y peor, sus consignas insulsas sin contenido. Un torbellino de ambiciones y pocas propuestas serias. Los rostros anuncian demagogia, engaños, mentiras. Se percibe a simple vista de ver tanta valla, un vacío que no dice nada. Tanta propaganda sosa ofende nuestra percepción y nuestra conciencia cívica. Deberían los candidatos tomar en cuenta dos grandes líneas de pensamiento, el engaño y el autoengaño.

Claro qué, en medio de este torbellino de tantas tonterías, hay nombres a quienes respeto y reconozco sus aportes sustantivos a la sociedad, por su recorrido académico, político, empresarial. Personas que conocen el quehacer del Estado, por su gestión o bien porque han estudiado la naturaleza del mismo. O sea, como en todo, hay buenos, regulares y malos.

En medio de tantos remolinos en los cuales nos encontramos por ahora los guatemaltecos, debemos de alguna manera hacer un “alto en el camino” para discernir y alcanzar a través de nuestra inteligencia y de una conciencia lúcida, el sentido de existir en este país que se llama Guatemala. Es un territorio que aunque los finqueros de plata o los finqueros políticos, quisieran seguir marcando los destinos de nuestras vidas, estoy seguro que despertaremos de este brebaje que nos dieron para atontarnos. Habrá que dar el salto y cruzar el río de la tristeza, de la pobreza, de la desgracia, del drama y la injusticia. Seamos nosotros mismos, los que marquemos el camino a seguir. Nada de somníferos, ni de remolinos que nos marean.

La diferencia de mi estancia en Chiquimula, que fue un encuentro de alegrías y de gozo, me hace  comparar esos momentos, con los achaques de locura que se viven en la política nacional. Y a su vez, me conducen a preguntarme por ejemplo, ¿porqué no imitar los actos de las personas sanas física, mentalmente y vitales de nuestros pueblos?  ¿Porqué se nos quiere imponer a la fuerza, un modelo de vida que atenta contra la vida misma? Responda usted querido lector.

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