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Por qué no soy libertario

Generación de Cristal

Con ninguna doctrina política y económica he dialogado más que con la libertaria. He escuchado y repetido sus argumentos una docena de veces. Sus autores me han convencido de la mayor eficiencia del mercado en la asignación de trabajo y los precios, la necesidad moral de limitar el poder estatal y demás puntos similares. Su visión económica se me aparece más razonable que la de las otras doctrinas. En esencia, coincido en muchos puntos con el libertarismo, y, sin embargo, solo tengo una postura más fuerte que estas: jamás seré libertario.

La razón puede parecer un tanto específica, pero sin ella el libertarismo me parece que pierde toda razón de ser. Esta doctrina defiende que los impuestos son un robo. Bien puede hacerse un hermoso programa social que le da comida a niños al borde de la inanición que, si es pagado con dinero sacado contra la voluntad de la gente, debe ser parado. Entiendo bien el argumento: ¿por qué tendría yo que pagar por el otro? O, más bien, por qué tiene que pagar IVA al comprar su libra de arroz (al estar ya subido en el costo final) el campesino que trabaja doce horas al día por un sueldo miserable. Y todo para hacer un programa social que, en realidad, sería él mismo quién tendría que dárselo.

Por más que me encanten los programas culturales, estoy en desacuerdo en utilizar los impuestos para hacer obras de teatro en zona 1. En eso estamos de acuerdo. La rotura está, más que en la conclusión, en el por qué llegamos a ella. El libertario se preocupa por una sola cosa: ¿se hizo tal o cual cosa con coerción o por voluntad? Los impuestos son, pues, impuestos: si no se pagan vas preso. Si este mismo campesino decidiera por libre voluntad aportar el doce porciento del precio al comprar su libra de arroz para programas culturales (cosa difícil de imaginar), el libertario solo respondería con una sonrisa. En sí: su problema no está en si el campesino está en mejores o peores condiciones, sino en si lo decidió o no.

Claro que a mí también me importa qué quieren las personas y respeto sus buenas y malas decisiones. Pero no me puedo preocupar por los demás solo en la medida en que son víctimas de coerción. Si un amigo por su voluntad se empieza a volver adicto a la heroína, lo inmoral me parece dejarlos ser. Lo ético me parece que incluye el respeto a la voluntad del otro, pero no se reduce solo a esto. Me adhiero a muchas ideas libertarias porque creo de corazón que hacen mejor a la sociedad, y no porque es el que más respeta la voluntad.

Y no se reduce solo a esto con esta visión de los impuestos. El segundo es, en realidad, mi problema más profundo. Esta idea de «¿por qué debería pagar contra mi voluntad un hospital al que no iré?» defiende un individualismo que, por cómodo que sea, me parece equivocado. Quién soy es dependiente de tal forma de mi comunidad que solo soy humano por haber nacido aquí.

El libertario parece incapaz de entender que no seríamos humanos sin los otros. Todo lo que tan natural les parece, sus incentivos y el bien, su visión de justicia: nada sería igual si no hubieran nacido en esta era, o en cualquier país con moral judeocristiana. Estas visiones son tan derivadas de sistemas que solo han podido existir por, claro, los impuestos. Llamarles robo, aun si uno necesario como defienden algunos, es ignorar que su libertarismo depende de estos impuestos, de sus carreteras y hospitales. ¿O a cuántos campesinos libertarios conoce?

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Ian André Castillo Morales

Estudiante de Comercio y Relaciones Internacionales en la Universidad Francisco Marroquin.

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