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Vivimos tiempos arremolinados

Antropos

Los labios mentirosos son abominación a Jehová; Pero los que hacen verdad son su contentamiento. Proverbios 11, 22.

Guatemala es uno de los países, escribí hace unos días, en donde padecemos de ansiedad y angustia. Y es tan contradictoria la vida humana, que la misma preocupación por la felicidad de la familia ve peligros por doquier, aún en las mismas sombras de las cortinas de la casa. Tal y como lo decía Kafka en su libro La Guarida en el que una alimaña del bosque excava su refugio y desde el interior camufla la entrada para que sus depredadores no la descubran.

Y eso es lo que padecemos día a día, que nos conduce, quizás a esconder la cabeza, para olvidarnos del dolor, la angustia y la incertidumbre, particularmente cuando la muerte se asoma violentamente ante otras personas. Nos volvemos insensibles ante tantas tristezas que ni siquiera nos inmutamos frente a los dramas humanos. Lo vemos como algo cotidiano. Ahora bien, reaccionamos de otra manera, cuando lo trágico está cerca de cada uno de nosotros o bien la de un familiar o amigo.

La inseguridad ciudadana campea por todo el territorio nacional. Hay estudios realizados por consultores, quienes han sustituido ahora, lamentablemente, a los investigadores científicos, pagados por organismos internacionales, que dan cuenta de la violencia y la agresión. Seguramente existen montañas de papeles escritas por estas personas con diagnósticos y algunos acercamientos a las causas centrales de este cruento y doloroso fenómeno. Probablemente, a lo mejor se atrevieron a redactar propuestas para que los gobiernos las implementen, lo cual dudo, porque es más fácil describir una realidad, que profundizar en ella, para encontrar caminos a seguir.

De tal suerte que si además de la inseguridad ciudadana marcada por la agresión y la violencia, agregamos la inseguridad alimentaria, la inseguridad vial, la inseguridad democrática, la inseguridad social que atraviesa la educación y salud, la inseguridad laboral, la inseguridad de vivienda, la inseguridad de la infraestructura de las carreteras y edificios mal construidos, la inseguridad climatológica, inseguridad ante el cambio climático, inseguridad energética, inseguridad ante las guerras, la inseguridad del acceso al agua dulce, la inseguridad de acceso a la tierra para mejorar la economía campesina, la inseguridad de las oscuras y tenebrosas calles y caminos, la inseguridad empresarial, la inseguridad acerca de la certeza jurídica, la inseguridad para las inversiones nacionales e internacionales, inseguridad política e inseguridad de un aparato de justicia, inseguridad acerca de la naturaleza del Estado que atienda las aspiraciones de bienestar ciudadano, estoy seguro que al entrar a este callejón sin salida, y sin posibilidad de al menos, ver nuestras manos y nuestras piernas avanzar por un sendero que anuncie, aunque sea tenuemente, una luz al final de nuestro camino, no queda sino alimentar la esperanza.

Bajo estas premisas, no me queda sino ser, ave de mal agüero, porque vivimos en un remolino huracanado que nos quiere arrebatar la vida a pedacitos. A pesar de estar tocando fondo, brilla en mi cabeza qué desde esas profundidades tenebrosas, encontraremos la voz de aliento, de guía. De una fuerza social que hará que nuestra sociedad vuelva a renacer con nuevas energías y tirará al barranco de la inmundicia, todos esos males que ahora nos causan miedo, dolor y angustia.

De ahí, qué de la prontitud, certeza y transparencia de las acciones de los dirigentes lúcidos, acompañado de un acuerdo de la sociedad y ciudadanía por la vida, dependerá un camino con menos sufrimiento. Todos tenemos derechos, pero ahora, más que nunca, nos corresponden más responsabilidades ciudadanas.

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