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Un año menos y aún nos quedan tres

Barataria

El Presidente de la República, señor Alejandro Giammattei, recién acaba de cumplir un año en el poder de cuatro que se compone el periodo presidencial.  Para muchos, hacer un análisis del primer año de gobierno pueda parecer un despropósito especialmente porque este primer año transcurrió en medio de una grave crisis económica mundial que ha abatido al mundo.  Todo lo contrario, la crisis sanitaria puso de manifiesto lo eficaz o ineficaces que pueden ser los gobernantes en el mundo, así como la manera en que manejaron la crisis sanitaria y los resultados que saltarían a la vista luego de varios meses.  El caso paradigmático cómo el Gobierno de Trump ha manejado la pandemia  es un ejemplo que este tipo de crisis saca lo mejor o lo peor de los gobernantes.  Así algunos gobiernos han sido halagados por sus aciertos y otros han sido seriamente cuestionados.

El gobierno de Alejandro Giammattei, tomó posesión cuando aún la sobra de una crisis sanitaria no se avizoraba en el horizonte y sus promesas quedaron únicamente como una parte de su discurso de toma de posesión en dónde prometió ser el “primer servidor de la nación”.   Desde el inicio de su periodo, el Presidente de la República se dedicó a construir una alianza perversa con el partido oficial y otros bloques legislativos que le han apoyado a lo largo del primer año en el trabajo legislativo.  Así, desde la toma de posesión de la Junta Directiva del Congreso, el Presidente de dicho organismo; el señor Rodríguez  ha sido una especie de aliado incondicional tanto así que en la votación para rechazar el veto presidencial al decreto que limitaba los cortes de energía eléctrica y agua potable, fue el único que votó a favor como una muestra de lealtad al “jefe”.  Esta alianza entre el Ejecutivo y los diputados oficialistas y aliados en el Congreso no le ha hecho nada bien al país, porque le ha permitido al señor Giammattei tener una mayoría parlamentaria pero en realidad esto no ha sido en beneficio del país.

Al igual que sus antecesores, el actual Presidente de la República tuvo una dorada oportunidad para darle un giro al país y al igual que todos ellos fracasó rotundamente, porque se antepuso intereses mezquinos en lugar de los intereses de la colectividad.  El manejo de la crisis sanitaria fue una suerte de “hoy si y mañana no”, “hoy si y mañana talvez”, porque la desinformación fue lo más prominente del inicio de la pandemia.  Se mantuvo a fuerza de estados de calamidad, que facilitaron la disposición de fondos públicos destinados para la población de una manera burda y execrable porque la ejecución de los mismos demostró que todo el gobierno no estaba preparado para funcionar, mucho menos para afrontar una crisis sanitaria de tal magnitud.  Durante los primeros meses de pandemia se evidenció la preferencia para flexibilizar las medidas de limitación de laborar a ciertos sectores económicos y lo que es grave, es que el Presidente utilizó las limitaciones de movilidad como un medio para generar la aprobación de recursos, de esto queda claro que los fondos destinados a la población no se ejecutaron debidamente y tampoco fueron un paliativo de muchos en la crisis.  Así, vimos como un Ministerio de Economía ejecutaba fondos destinados a la recuperación del empleo, cuando existe un Ministerio de Trabajo; vimos un Ministerio de Salud con fondos suficientes pero que fue incapaz de dotar de medios de protección a los trabajadores de salud y médicos que en primera línea se batían contra la enfermedad y fueron pan de cada día ver a los médicos salir en los medios de comunicación denunciando falta de pago.  Ya ni digamos lo que resultó del Ministerio de Desarrollo, que en realidad fue vergonzosa la ejecución de sus fondos que nunca llegó a las familias más necesitadas.

La figura favorita del Gobernante son los estados de excepción.  En un Estado democrático todas estas restricciones de limitaciones constitucionales son, como se les llama coloquialmente la “excepción”, no la regla.  Pero para el señor Giammattei limitar los derechos constitucionales en lugar de garantizarlos parece ser la forma favorita de gobernar.  Desde inicio de su gobierno, se realizaron una serie de decretos presidenciales que limitaban las garantías constitucionales por unos pocos días en ciertos municipios y departamentos, supuestamente con la finalidad de combatir la delincuencia, pero en realidad esta es una forma de aceptar que hay ausencia del Estado y la incapacidad del Gobierno de ser eficaz en el área de seguridad pública.  Luego la pandemia fue la excusa perfecta de limitar la movilidad y otros derechos fundamentales, sin embargo luego de meses de estados de calamidad decretados, cuando le fue imposible mantenerlos porque, de alguna manera había perdido el apoyo de diversos sectores, procedió a no continuar decretándolos y, de haberlo sabido, ninguno de nosotros hubiese pensado que la medida era adecuada, porque al final solo sirvió para perjudicar más la maltrecha economía de los guatemaltecos, ya que si comparamos el número de contagios diarios de ahora, con los de los meses de Marzo a Agosto del año pasado, nos daremos cuenta que ahora hay muchos más contagios que podrían justificar otros estados de excepción, sin embargo la enorme diferencia es que ahora no hay fondos que ejecutar y por lo mismo ya no le es útil a la clase gobernante los estados de calamidad, porque ya no hay disposición de fondos a granel y sin dar mayor cuenta.  Pero, lo cierto es que al señor Giammattei le gusta gobernar sin respetar los derechos constitucionales y tal parece que veremos más Estados de Excepción decretados a lo largo de todo su gobierno, puesto que el último de estos fue hace una semana cuando decretó Estado de Prevención por una supuesta “crisis de migrantes hondureños”.

Aunque la pandemia que estamos viviendo parece ser la excusa perfecta para indicar que el Presidente de la República no haya ejecutado su plan de gobierno, la realidad es que este gobernante, como sus antecesores han llegado a la Presidencia de manera improvisada y sin una visión clara de lo que necesita el país, ello aunado al hecho de que su llegada a la presidencia está plagada de compromisos que al parecer son ineludibles, puesto que en la forma en que maneja la pandémia, la pretensión cada vez más abierta de someter al Congreso de Diputados a sus propios designios promoviendo a través de la Junta Directiva del mismo la fragmentación y debilitación de los partidos de oposición y, con el hecho de mantener a personajes cuestionados en puestos claves del gabinete; resulta que este gobierno mantiene serios compromisos con grupos de poder fáctico.  Sin duda, la forma en que resulta intolerante a los medios de comunicación, sumado a esa división entre Presidente y Vicepresidente hacen aún más evidente que este gobierno maneja una agenda propia, pero que no es la del pueblo. No gobierna, ni gobernará para el pueblo; sino que gobierna a favor de intereses sectarios y, su pasividad para representar la unidad nacional, fomentando una estúpida división ideológica que solo existe en el imaginario de ciertos grupos, porque en realidad la ideología como tal no existe en Guatemala cuando de ser aliados de la corrupción se trata.

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