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TERPSÍCORE

Cultura

“Dios te respeta cuando trabajas, pero te ama cuando bailas.” Proverbio Sufí.

Entro en el Monte Parnaso. La majestuosidad de su paisaje, alucina a quien se atreva a verle. Todo es luz y color. Ritmo y movimiento. Lírica, canto, teatro y poesía. Me rodean nueve señoritas. Cada una con una característica muy particular. Pero una llamó firmemente mi atención. Sus gráciles movimientos reflejan como si el mismo sol estuviera moviéndose. “Me llamo Terpsícore.” – me dijo susurrándome al oído. “Te voy a enseñar todo lo que quieras sobre el universo.”

Todas las culturas, tanto grandes como pequeñas, fueron inspiradas por ella y sus hermanas. Pero la principal de todas fue Terpsícore. Sus movimientos denotaban la ciclicidad de la vida y la naturaleza. El cosmos y los astros. Muchos la llaman la musa del amor en movimiento. 

“El amor es el movimiento que nos envuelve. Y, todo lo que nos rodea está en movimiento. Todo se mueve a un ritmo especial. Sólo quienes pueden llegar a penetrar en el velo de la ilusión, ir más allá de que la danza es solo técnica, ha entrado al mundo de las musas. Ese ámbito que no está entre el mundo que ustedes conocen.” Fueron sus palabras. 

De pronto, Terpsícore detiene su movimiento. Su danza se vuelve casi imperceptible, ve que la danza ha caído en el lado obscuro. Su corazón destrozado busca en cada movimiento un atisbo de luz que la lleve a recuperar su libertad. Su sueño de volver a orar a los dioses levantando las manos y moviéndose al compás del ritmo de la naturaleza y de las estrellas lo siente muy lejano. Pero no pierde la esperanza, y retoma su rítmico andar.

“Todo se mueve. Nada se detiene. Cada cosa tiene un ritmo, todo vibra a un nivel diferente. La danza puede ser de diferente tipo, pero todas llevan a un mismo fin: el reunirnos con el cosmos y las estrellas. Con nuestro Creador, de ser uno en su presencia, y de volvernos hermanos todos, ser uno con la naturaleza.” Fue otra de sus palabras.

“Ven conmigo, vamos a bailar, a celebrar la vida.” ¿Por qué bailas? Le pregunté sin querer. Me vio con compasión. Y, con una sonrisa en el rostro llena de amor y compasión me dijo: “porque la danza es una oración en movimiento,” “no tengas miedo y no dudes en bailar y de celebrar la vida.” “La danza me lleva a conectarme con el entorno, me da libertad en esta prisión que me encierra.” 

Terpsícore deja ver un pequeño hilo de lágrimas que le baja por el rostro. Pero su lamento se disipa en cualquier momento. Danza con Nunantal, e Itzqueye, en su recorrido por los prados y montañas, Chalchiukuite las observa en su recorrido bañando sus laderas. Las estrellas, Tunal y Tunatiuh observan desde la bóveda celeste el surgimiento de la nueva luz. 

Terpsícore se deleita ante la mirada de los dioses. Sean de estas regiones o del otro lado del mar. La danza nos transporta a contemplar la belleza de la naturaleza. A vivirla, a recrearla.

La danza es el tesoro que nos lleva a recrear el movimiento cósmico de las estrellas. A reconectarnos con el entorno. La danza es el movimiento eterno de este vaivén de la vida. El surgir y desaparecer, el de nacer y morir. El ciclo eterno de vida y trascendencia que, cuando este gran vuelo termine, la danza seguirá existiendo alejada de la mundanalidad material que la impera. 

La danza es belleza, por eso se admira. La danza es libertad, por eso se mueve. La danza es espacio, por eso es infinito. La danza es, en fin, todo lo que vemos, lo que nos rodea y la manifestación de la vida. Porque, donde quiera que veamos, donde hay movimiento, allí están Terpsícore y sus hermanas que nos recuerdan las historias del universo.

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